Usos amorosos del siglo XXI

Me ocurrió hace poco en una cena. Cierta mujer de mediana edad se escandalizaba al
enterarse de que PEC (acrónimo de “por el culo”) se utiliza ahora para expresar que algo nos
encanta. “¡Pero si es una cosa horrible!”, decía esta señora, cargada de incomprensión. Marc
Giró, en uno de sus últimos Late Xou, se entusiasmaba al respecto: “Ahora por el culo está bien.
¡A mí ya me lo parecía!”.

En los Usos amorosos de la posguerra española, Martín Gaite explica cómo en la época las
palabras que se usaban para decir que algo nos encantaba eran sueño e ilusión (“¡Qué sueño de
película!”), y concreta: “Era frecuente, por ejemplo, que si una amiga le preguntaba a otra si le
gustaba cierto muchacho que la miraba o se acercaba a ella en el paseo, la contestación fuera:
‘No, gustarme no, mujer, pero me hace ilusión’”. Se decía entonces también que a una le volvía
loca algo, expresión claramente emparentada con otras como chiflar y flipar: me chifla esa peli,
me flipa esa chica.

Me pregunto cuántas palabras hubo entre hacer ilusión y tener un crush. En mi
adolescencia decíamos simplemente que nos gustaba alguien. Mi madre apostillaba “te hace
tilín”, y a mí me sonaba al pleistoceno. Aunque, haciendo memoria, sí decíamos otra cosa, más
explícita pero aún velada: me pone. No decíamos cachonda, ni caliente, ni completábamos la frase con ningún calificativo. Solamente decíamos “ese chico me pone” para decir que nos gustaba.

A mi hermano, seis años menor que yo, y a sus amigos, las cosas le rentan. Le renta un
viaje, una película, un plan, y puede también rentarle una chica.

En materia romántica, antes se bebían vientos por alguien, estaba uno encandilado
(deslumbrado por su luz), Dulcinea era la “dama de los pensamientos” de don Quijote. Ahora
tenemos un crush: nos chocamos contra alguien como en un accidente de coche en el que nadie
descarta el siniestro total.

En cuestión de aficiones, antes nos ilusionábamos y soñábamos con las cosas, luego
enloquecíamos por ellas (nos chiflaban o flipaban), más tarde nos las gozábamos, y ahora, al
parecer (a mis 33 me pilla ya mayor), nos las metemos por el culo.

La lista completa, con sus particularidades geográficas, socioculturales y etarias, nos
llevaría una larga y minuciosa investigación filológica. Pero en una observación somera, parece
evidente cómo, en cuestión de gustos, hemos ido pasando de lo etéreo a lo material: de hacer
ilusión a rentar, de soñar a ponerse cachondo. Huelgan los comentarios sobre PEC. Por supuesto, hay palabras que perviven al margen de las modas. Algunas son etéreas y otras corpóreas, porque la historia es cíclica y con ella el lenguaje. La propia encantar, que vengo utilizando, en la primera acepción del DRAE, es “someter a poderes mágicos”. Lo que nos encanta es, en origen, lo que nos hechiza. You keep me under your spell, dice la canción de Desire. Spell: hechizo, conjuro, encantamiento. Gustar, por el contrario, viene del latín y nos devuelve al cuerpo, a la lengua (la física) y al paladar. Así que siempre estamos, lo sepamos o no, aficionándonos a las cosas con la mente y también con el cuerpo. Por eso los carentes de entusiasmo andan un poco muertos, con carne y espíritu alicaídos.

El lenguaje sabe siempre más de nosotros que nosotros mismos, y yo me pregunto qué
nos está revelando con esto. Está claro que cada vez somos una sociedad más materialista y
menos espiritual, más productiva y menos contemplativa. Pero hay otras explicaciones posibles.
Pienso, por ejemplo, en cómo el amor ya no tiene que ser la excusa para el sexo. Tampoco la
vocación o el deber son la única motivación del trabajo. No hay nada más seductor que la
claridad ni mayor vocación que una buena nómina. A veces sólo hay deseo físico o necesidad
económica, y está bien. No deja de ser, además, curiosa está inclinación por lo material en una
sociedad cada vez más virtualizada, donde hablar de ilusión, pensamiento o ensoñación tendría
todo el sentido: eso es lo que está operando cuando vemos en Instagram a una persona que
nos gusta, un restaurante que parece delicioso o un paisaje increíble. Entre nosotros y la foto
hay un abismo que completamos con la ensoñación idealizada, ignorando, por lo general, el
posible olor de ese tío tan guapo, el presunto exceso de sal de ese restaurante tan cuco o los
mosquitos de ese paisaje de postal. Pero quizá por eso, porque todo es cada vez más virtual –es
decir, menos tangible–, no hay mayor piropo que el que pasa por lo corpóreo, lo físico, lo
palpable.

Volviendo a esos Usos amorosos de Martín Gaite –que son, pues, en parte, unos usos
lingüísticos–, recuerdo la dedicatoria con la que arrancan, una de las mejores que he leído:
“Para todas las mujeres españolas, entre cincuenta y sesenta años, que no entienden a sus hijos.
Y para sus hijos, que no las entienden a ellas”. Puede que la incomprensión generacional tenga
algo de eso: de no comprender el lenguaje con que expresamos el amor y el entusiasmo.