En su excelente libro La escritura desatada, José Carlos Mainer cuenta cómo en el siglo
XVI, con la llegada de los españoles a las Indias, se quisieron prohibir los libros de ficción. Así
lo pedía una instrucción de la soberana, fechada el 14 de julio de 1536, y dirigida al virrey de
Nueva España: se prohibían los libros de ficción para los catecúmenos indígenas, que ya
comenzaban a entender la gramática española. El problema no eran los libros de ficción en sí
mismos, si no las dificultades (y la importancia) a la hora de diferenciar estos de la realidad.
Aclara Mainer: “¿Cómo explicar a los indios que las aventuras del Amadís o de los caballeros
andantes eran mentira, mientras que el nacimiento de Jesús, la persecución de Herodes, la visita
de los Magos, los milagros del Evangelio, la resurrección de Lázaro después de tres días de
enterramiento, eran verdad, si tanto unos como otros venían, negro sobre blanco, impresos en
los mismos libros?”. Mainer lo relaciona con ese rótulo que, mucho tiempo después, aparecía al
final de los títulos de crédito de las películas norteamericanas: “Cualquier parecido con la
realidad es pura coincidencia”, y a mí se me saltan las lágrimas al ver cómo él habla de Estados
Unidos como una cosa lejana, una sociedad puritana e infantil como la del siglo XVI, no como
la de nuestros días.
Seguramente la pregunta que más me han hecho sobre mis libros es qué porcentaje es
verdad y qué porcentaje mentira. A veces así, con la misma palabra porcentaje, como si yo
pudiera responder sin pestañear: el 62,3%. No hay nada real en mis libros que yo quiera fingir
que no lo es y viceversa, porque todo lo que hay en mis libros es real, porque todo es mentira,
porque cada vez que me hacen la pregunta me quedo cuajada en el sitio. Algo que he
respondido a veces es: “Todo es verdad, pero nada es literal”.
Es esa literalidad con la que miramos hoy la que me espanta, una literalidad estéril que
no tiene ningún sentido en el caso de la ficción y que me hace pensar que estamos perdiendo la
capacidad de jugar y también la capacidad de asimilar lo complejo. ¿Es que no lo hemos hecho
todos? Jugamos a que somos piratas pero que estamos en Madrid pero que también está
Superman y no buscamos un tesoro sino que huimos de las brujas. Soñamos con la casa de
nuestra tía que en el sueño es la casa de nuestro novio que tiene la cara de nuestro hermano.
Miramos a la chica de enfrente en el metro y le imaginamos una vida. ¿Qué sentido tendría
decir que esa no es su vida real? ¿Y a mí qué me importa? El otro día leí que Alice Munro, ante
la pregunta de marras, respondió contundente: “Lo único que hay autobiográfico en mi obra es
el estilo”.
Volviendo a Mainer, él hablaba de la entonces tan diferente sociedad americana, y
decía: “La sociedad de Estados Unidos es hija de una mentalidad puritana que quiere mantener
bien distanciadas la imaginación y la realidad, y defender a esta del acoso de la primera. Como
en las Indias del siglo XVI”. Yo ya observo ese rótulo prácticamente en todas las ficciones
audiovisuales que veo. En la serie El caso Asunta, al inicio de cada capítulo aparecía en grande
BASADO EN HECHOS REALES. Al final de cada capítulo, la cita se desarrollaba: “Esta serie está basada en hechos reales. No obstante, algunos personajes y escenas han sido
ficcionados por motivos creativos y para preservar la intimidad de sus intervinientes. Las
tramas judiciales y policiales han sido ficcionadas con el fin de adecuarse al ritmo narrativo de
la serie”. Y a mí me daban ganas de responder: “Hombre, eso espero, francamente”.
¿Necesitamos que nos expliquen que una serie basada en hechos acontecidos sufre alteraciones
en pro del ritmo narrativo? ¿De verdad?
Dicen que si en las instrucciones de algunos microondas se especifica que no se pueden
meter animales vivos en ellos, es porque una vez una señora metió a su gato para secarlo y
terminó demandando a la empresa fabricante. ¿Nos hemos convertido todos en esta señora?
¿Necesitamos que se nos especifique por escrito “no meta usted a su mascota en el
microondas”? Del caso Asunta hay también un documental, y los documentales nos gustan
porque sí reflejan la realidad. Pero, claro, también ahí hay un sesgo, una construcción, lo que se
cuenta y lo que se omite, etc. ¿Acabaremos poniendo en los documentales “esto es una
reconstrucción hecha por una mirada subjetiva que quizá no se corresponde fielmente a lo que
aconteció a los ojos del Dios todopoderoso de La Realidad”?
Me gustaría que en vez de pretender acotar las ficciones (spoiler: no funciona; se
leyeron novelas en las Indias del XVI) nos empeñásemos más en educar la mirada de lo
complejo, en saber asimilar las historias desde todas sus aristas, en entender que somos piratas,
pero que estamos en Madrid, y que también está Superman y no buscamos un tesoro sino que
huimos de las brujas, y que todo eso es verdad, y mentira, y que tiene todo el sentido del
mundo.