La vida deseada

Había una vez una niña con peto vaquero y dos coletas que escribía libros. No
escribía cuentos, ni textos sueltos: escribía libros. Luego les dibujaba la cubierta,
normalmente muy colorida. Escribía, en el interior, los créditos. Editorial: Pez. Edición: 1ª.
Autora: Marta Jiménez Serrano.

Siempre he dicho que no he tenido prisa por publicar. Pero, hace poco, al hacer una
mudanza, me topé con los libros que escribí, ilustré y edité de pequeña, y me pregunté si la
idea de publicar no había estado siempre ahí. No era solo cuestión de escribir un texto:
había que crear un objeto autónomo que tuviera su lugar en el mundo. Su editorial. Su
cubierta. Ninguno pasaba de la 1ª edición. Un ejemplar, una tirada.

No es obligatorio tener una vocación en esta vida, pero es muy difícil explicarle a
quien no la tiene lo que sientes cuando la ejerces. Cuando la disfrutas. Cuando consigues
hacer con treinta años lo mismo que hacías con seis, sentada sobre el parqué del salón con
uno de los tirantes del peto desabrochado. Mi editor –fíjate, me digo, ahora eres esa
persona, una persona que dice “mi editor”– se reía hace pocas semanas ante mi entusiasmo
cuando llegó una nueva edición de mi novela, pero cómo explicarle a alguien la sensación
de que estás haciendo exactamente lo que siempre has querido hacer. La vocación es como
la fe: solo existe para quien la tiene.

Sin embargo, la vida deseada no es siempre la vida imaginada. Aquella niña de peto
vaquero y dos coletas terminaba su obra (La mariquita sin puntos), la ilustraba, se la enseñaba
a papá y papá le invitaba a un helado o, quizás, a una Fanta. En seguida podía entregarse a
la escritura del siguiente libro. A un ejemplar por edición y a una consumición
hiperazucarada por cada ejemplar, la cosa salía bastante a cuenta. Que salga a cuenta hoy
parece un sueño lejano.

Yo no puedo vivir de lo que escribo, así que imparto clases de escritura, y doy
alguna charla, y tutorizo novelas, y voy a Oviedo, a Pamplona, a Málaga y a donde se preste
de gratis para promocionar mi libro y que, con suerte, llegue a más lectores, y así, con más
suerte, agotar otra edición. Cuando vuelvo de Oviedo, o de Pamplona, o de Málaga, me
gustaría ir durmiendo en el tren, pero voy preparando las clases que me he perdido y que
tengo que recuperar. Como rápidamente en el vagón-cafetería un sándwich mixto. Reclamo
una factura de 150,79 euros que aún no me han pagado, escribo ese y otros tantos emails. Y
luego, sí, exhausta, me duermo un rato.

Muchos días no escribo: tengo que hacer una entrevista, tengo que publicitar algo
en Instagram, tengo que leer a mis alumnos, tengo que ir a un club de lectura a hablar de mi
novela –y aún así, me digo, fíjate, ahora eres esa persona, una persona que dice “mi
novela”–. Son muchos los días que no: que la factura no llega, que el texto no sale o, peor,
que no hay tiempo ni de intentar que el texto salga.

No es obligatorio tener una vocación en esta vida, pero yo la tengo. Por eso incluso
en medio de los días que no –de las tardes que no llego, de la factura que no se cobra, de
los madrugones–, siempre vuelvo ahí, al suelo del parqué del salón, a la concentración total,
a preguntarme qué final le daré a Clara Casitepisa López y el circo. Las dos coletas ya no me las
hago.

Y aunque sería justo poder vivir de mi trabajo, dedicarle más tiempo a escribir, no
arrastrar el cansancio de los trenes y el malcomer del sándwich mixto de la Renfe, cuando
cierro los ojos por la noche puede haber agobio, incertidumbre o fatiga, pero siempre hay
un feliz sosiego de fondo: el sosiego de la vida deseada.