Vi el otro día por primera vez Érase una vez en América, que me pareció una obra
maestra total y pasó directamente al top 3 de mis películas favoritas, si no al top 1. Me
impresionó, me emocionó, me tuvo en vilo y no se me hizo larga en absoluto (y estamos
hablando de 3h y 50 minutos ni más ni menos). A los pies de Sergio Leone.
La película tiene ciertos vínculos con una serie que venero, Mad Men. Por supuesto, es
al revés: Mad Men tiene ciertos vínculos con la película, pero en mi vida el orden fue el inverso
y yo pensaba en Mad Men mientras veía Érase una vez en América. Ambas ficciones retratan con
realismo un mundo machista –el mundo como era–, y ambas lo hacen con crudeza, pero
también con una mirada tierna, delicada y a veces crítica (sin ser nunca panfletaria). Hay
determinadas cosas que no hay que subrayar: basta con ponerlas delante del espectador para
que se evidencie la crítica, basta con mostrarlas.
Nunca olvido un capítulo de Mad Men en el que vemos al protagonista, Donald Draper,
en un agitado día de trabajo en Manhattan: llamadas, reuniones, whiskies, muchos cigarrillos,
algún cambio de camisa y quizás algún encuentro sexual con una secretaria. Luego más
llamadas, más reuniones, más whiskies y alguna palabrota antes del último cigarrillo.
Intercaladamente, vemos lo que hace su mujer, Betty Draper, ama de casa a las afueras de
Nueva York, en un bonito barrio residencial, en una casa con jardín. Betty se fuma un cigarrillo
frente al congelador abierto. En el suelo, un montón de trapos. Descongelar el congelador es
algo que una ama de casa tiene que hacer de vez en cuando. Una calada de Betty frente al
congelador, un cigarrillo de Don. Una gota de agua contra el suelo de la cocina, una llamada de
teléfono. En lo que Don se fuma veinte cigarrillos, su mujer se fuma uno, impertérrita, frente al
frigorífico abierto. Draper nunca comprenderá por qué Betty tiene ansiedad y después
depresión y yo lo entiendo cada vez que pienso en ella mirando la nevera, viviendo a la
velocidad del hielo que se descongela. Solo hay que mostrarlo.
En Érase una vez en América el sexo es sólo dos cosas: prostitución o violación. No es
una hipérbole mía, literalmente cada escena de sexo de la película puede ser descrita con una de
esas dos palabras. Dinero y poder masculinos sobre el cuerpo femenino. Pero hay una
violación peor que las demás y es precisamente aquella en la que –ay– interfiere el amor.
Noodles (Robert De Niro) se lleva a cenar a Deborah (Elizabeth McGovern), su amor desde la
infancia, a un restaurante que ha reservado solo para ella: no sé cuántos camareros, cien mesas
vacías –elige la que quieras–, una orquesta, una monstruosa ostentación al más puro estilo
gángster. Ella lo rechaza, y le explica con dulzura que ha decidido irse de allí porque se va a
tomar en serio su carrera como actriz. Casi literalmente le dice: tú quieres una mujer florero, y
yo quiero una carrera. En el coche de vuelta a casa él se acerca y ella le dice que no, y él la
agarra y ella le dice que no, y él la empuja y ella dice no, no, no. Él la viola sin fisuras,
violentamente, ella retorcida contra el asiento del coche, gritando y forcejeando mientras él le
rompe la ropa interior, y entretanto el cochero conduce impertérrito, avanzando como si nada
ocurriera. No sé si se atreve a mirar por el espejo retrovisor. Noodles sigue forcejeando con
violencia y Deborah sigue suplicando no, no, no, y cuando el espectador ya no lo soporta más
el cochero, al fin, para el coche. Noodles se baja y el conductor no le acepta el dinero. Todavía
parece que tenemos que aplaudirle.
Cuando veía la escena, con agobio y aprensión, no podía dejar de pensar que todos
somos el cochero, la sociedad entera ha sido el cochero, parando cuando ya es demasiado tarde
y siguiendo ese pacto patriarcal según el cual ni miro por el retrovisor y si miro no he visto
nada. ¿Oigo los gritos desgarradores de la mujer? Los oigo, pero al fin y al cabo violar a una
mujer no es para tanto. Aunque es verdad que grita. Aunque es una mujer de bien. Aunque es
la hermana de tu amigo (¡ah, la hermana de!). Aunque se supone que la amas. Entonces quizá sí
haya que parar el coche, siempre cuando ya es tarde.
Veía, digo, la escena, y por un lado pensaba: es la clásica escena de la que hoy oiríamos
decir “esto ya no se puede rodar” o incluso “esto ya no se debe rodar” (el culo de Deborah
explícitamente contra el asiento del coche, Noodles explícitamente violento, el conductor
explícitamente callado). O peor: “esto ya no debería verse, porque perpetúa o ensalza esa
violencia patriarcal que intentamos combatir”. Y, sin embargo, yo siento sistemáticamente lo
opuesto. Por un lado, pienso que estas películas (como Mad Men, como El padrino) deberían
existir porque son buenas películas y porque el arte no está para ser ejemplar (aunque eso es
otro artículo). Pero es que además pocas películas me han hecho reflexionar tanto desde una
perspectiva de género como aquellas que retratan bien el mundo machista en el que vivimos.
Borrarlas sería fingir que eso nunca fue así, y esto último sí que me parece escalofriante.