El escritor soy yo

1

En el libro La reina de espadas la escritora Jazmina Barrera hace un retrato de Elena
Garro. Lo que lo diferencia de una biografía al uso es la mirada de Barrera, que siempre se
posa suave sobre lo que cuenta y cuando parece que no está diciendo nada lo está diciendo
todo. Me interpeló especialmente, siendo yo escritora, el retrato de una mujer intelectual en un
mundo de hombres intelectuales. Elena, casada fatídicamente con un gran personaje de las
letras, Octavio Paz, amante de Bioy Casares, y amiga de tantos otros. Elena intentando tener
una voz en mitad de un salón de hombres que hablan muy alto y fuman muchos puros. ¿Qué
tiene que hacer una? ¿Gritar más? ¿Fumar más? Ya sabemos que no.

Recoge Barrera algunas citas de las cartas de Paz a Garro (entre las que se encuentran
hasta ocho amenazas de muerte). Hacia el año 1937, Octavio le hablaba a Elena de los avances
feministas que se daban en la escuela de Mérida en la que él trabajaba: “De ahora en adelante
comeremos juntos todos. Pero una muchacha propuso que todos lavaran los platos. Algunos
reacios se convencieron. Las mujeres y los hombres desempeñan las mismas labores: ellas irán,
con ellos, a la huerta a cultivar; ellos plancharán y lavarán, como ellas. Un nuevo concepto, una
nueva conciencia alborea, lentamente”.

Y subraya Barrera: “¡Lentamente!”.

Las cosas han cambiado mucho y lo celebro, pero leyendo el libro no dejaba de sentir a
un centímetro de mi cuello la bala que había esquivado por nacer apenas unos años más tarde.

2

Con trece años hice un simpático dibujo en el colegio como portada. En la página se ve
en grande y en letras de colores el rótulo “Géneros literarios”. Hay libros, muchos colorines,
alguna telaraña, manuscritos enrollados, una pluma en un tintero, la Ilíada. Dibujé a dos
escritores, el clásico y el moderno. El clásico es Shakespeare, con su gola y sus mangas
abullonadas; escribí una pequeña rúbrica: “Sir William Shakespeare pensativo”. El escritor
moderno es un hombre despeinado con camisa y gafas que escribe en un papel del que sale
humo. También una rúbrica: “Escritor moderno desesperado”.

Parece que en el dibujo no hay más mujeres que las ficticias (un hada, una princesa),
hasta que me doy cuenta de que no es así. En la esquina inferior izquierda dibujé un libro
abierto gris sobre cuya tapa se lee “Poesía – JL Borges”. Agarran el libro unas manos y asoma
un quiqui con un lacito morado. En la esquina superior derecha, el libro es amarillo: “Campos
de Castilla – Antonio Machado”. Asoman unas manos y dos coletas con sendos lacitos rosas.
En el imaginario de mis trece años, los escritores eran hombres; las niñas, lectoras.


3

En Una habitación propia Virginia Woolf habla de cómo un bedel la regañó por caminar
sobre el césped. “Solo el Profesorado y el Magisterio pueden caminar por aquí”. Woolf lo
utiliza como metáfora: las mujeres eran expulsadas de determinados lugares cuyo acceso era
exclusivo de los hombres. Eso hoy no ocurre de manera tan descarada, y las mujeres tienen
cátedras, lideran investigaciones y escriben novelas, ensayos y poemarios. Como no ocurre de
manera tan descarada, es más difícil de describir. Mi bedel fue un botones.

Hará cosa de un año caminaba yo apresuradamente Gran Vía abajo. Acababa de
publicarse mi último libro, salía de una entrevista en La Ser y tenía que llegar al Hotel de las
Letras, donde se me había citado para otra entrevista. Llegaba tarde. Entré al hall a toda prisa y
antes de que pudiera posar mis ojos alrededor, buscar el bar o a mi jefa de prensa, el botones
me interceptó.

—Disculpe, señorita, ¿a dónde va?

Como una niña pillada en falta, me ordené un poco el pelo, que imaginé despeinado
por las prisas, y respondí:

—He quedado aquí, vengo a una entrevista literaria.

El botones seguía cortándome el paso:

—¿Y sabe si ha llegado ya el escritor?

Tardé algunos segundos en comprender su pregunta, así que me quedé unos segundos
mirándole con los ojos muy abiertos. Una mujer joven y apresurada, con una bolsa de tela al
hombro y el flequillo despeinado, solo podía ser la periodista. La becaria en prácticas,
seguramente. Cuando caí en la cuenta de lo que estaba pasando intenté sostenerle la mirada
con los mismos ojos abiertos, que estoy segura de que cambiaron de brillo, me erguí y le dije:

—El escritor soy yo.

Él también tardó unos segundos en comprender mi respuesta, y luego se avergonzó.
Disculpe, señorita. Por supuesto, señorita, la acompaño hasta una mesa. Puede usted esperar
aquí, si le parece bien. ¿Quiere que le pida un café?

Ah, pero yo no necesitaba un café. No necesitaba nada más en aquella mañana de
martes en la que, a pesar de la confusión, el avergonzado era él y la satisfecha era yo. Pienso
que es un buen resumen de la situación: no es que estas confusiones ya no ocurran, pero la
vergüenza ya no está repartida como antes.

Algún día, confío en ello plenamente, no habrá bedeles ni botones que tengan que
reubicar a las señoritas de los espacios públicos que no les pertenecen.

“Esos males van en camino de mejorar”, dice Virgina en 1928.

“Una nueva conciencia alborea, lentamente”, dice –qué ironía– Octavio en 1937.

“¡Lentamente!”, dice Jazmina en 2024.

Lentamente.