Dicen que son novios

Dicen que son novios pero no son novios, porque ella en el fondo no le cuida y él no se siente íntimamente ligado a ella. A ella le da igual que él moquee o se enfade o se dé con el pie contra la pata de la mesa. Él la ve llegar cruzando la plaza y no la siente más suya, más cómplice que el resto de personas que atraviesan la plaza. No son novios pero dicen que lo son porque tienen ganas de serlo, porque se sienten bien siendo pares en los cines, en las fiestas y en los entierros.

Valeria lleva el flequillo muy recto y el pelo muy liso y muy negro, tiene un piercing en el ombligo y amigos que se dedican al mundo del cine, del teatro y de la literatura y que los viernes por la noche se emborrachan y discuten sobre el feminismo, la sociedad de consumo y el poliamor. De modo que cuando conoce a Luis, en un afán de coherencia tanto en el plano ético como en el estético, le explica que ella es una mujer autónoma, que no quiere ataduras: nada vale más que su libertad.

Luis es un tipo clásico sin ser conservador, de vaqueros y camiseta, tupé y cigarro, que escribe guiones más o menos graciosos para algunas series comerciales de televisión y por eso coincide con Valeria en el preestreno de una película coproducida por Antena 3. Le da un trago a su copa mientras piensa en acostarse con ella esa noche sin tener que esforzarse en demostrar lo superficial del asunto. Luego dice: la libertad es lo primero.

Valeria y Luis toman tres o cuatro copas y luego se van juntos a casa de Valeria, que comparte piso en la plaza de la Luna con su amiga Lucía y con un pez naranja que se llama Gustavo. El preestreno había sido en los cines Capitol, así que están muy cerca. Su cama está llena de ropa y la tiran al suelo. Sería absurdo decir que se desnudaron el uno al otro porque, como ocurre a menudo en los primeros encuentros, cada uno se desnuda a sí mismo, con el control que da el conocimiento de la ropa y el cuerpo propios, de los propios botones, la cremallera que se encalla, el girito de cadera para que baje el pantalón pitillo. La falta de presión al desabrochar el sujetador a la primera si se lo quita ella; la imposibilidad de que la goma de los calzoncillos se atore en la erección si se los baja él. 

El sexo fue normal, a ella le dio vergüenza que él la besara después de chuparle el clítoris y a él le enterneció el rubor en una chica tan decidida. Cuando Luis se fue después de tomarse un café con Valeria y con Gustavo, Lucía salió de su habitación.

—¿Qué tal fue?

—Bien.

—Bien es como no decir nada. ¿Le volveremos a ver?

—Bueno, igual sí. Tampoco quiero yo nada serio ahora.

Pero sí lo quería. Lo que no quería era exponerse al rechazo o, peor, sentirse antigua. Quién quiere hoy ya una pareja estable con la que compartir los domingos por la tarde, las tardes de fiebre o los viajes de Semana Santa.

—Todo el mundo la quiere —le dice Lucía—, pero nadie lo admite.

Entonces Lucía se va desnudando por el pasillo y se mete en la ducha. Tiene el pelo corto y no es ni alta ni baja, ni gorda ni flaca, ni tan guapa (los ojos demasiado separados, o las ojeras, o quién sabe qué: no es tan guapa). Pero Valeria quiere ser como Lucía, desnudarse con tranquilidad por el pasillo camino de la ducha, confesar sin pudor que cree en la monogamia. Mientras ve la seguridad de Lucía caminando en bragas por el pasillo decide que por qué no, y enumera: intereses comunes, guapo pero no demasiado, fibroso pero no en exceso, el sexo fue bien, la conversación no fue mal. El móvil: «Fue guay ayer. Nos vemos otro día esta semana, si te apetece».

Luis llega a su casa cansado y, sin ducharse, cambia los vaqueros por un pantalón de chándal, se enciende un cigarro y se pone otro café. La puerta de la habitación de Poli está cerrada, de modo que asume que igual le fue bien la cita Tinder de ayer. Está acabándose el cigarro asomado a la ventana del salón cuando le ve entrar por la puerta:

—Joder, pensé que estabas en tu habitación.

Poli llega mordiendo un croissant, con un café para llevar y un paquete grande de rollos de papel higiénico.

—No quedaba y, ya que he bajado, he pillado desayuno.

—Acompañado, digo. Pensé que estabas en tu habitación acompañado.

—Qué va, tío —Poli se sienta en el sofá. —Qué va. Dos cervezas, mucho bli bli y mucho bla ba, y ni un cochino beso de despedida. Yo ya, si en Tinder no se folla, no sé… Oye, el que no ha dormido aquí eres tú.

Luis le cuenta a Poli el piercing en el ombligo que tiene Valeria, y se ahorra los detalles sobre si estuvo a gusto o no, bien o mal, si fue rápido o corto o distinto o rutinario para centrarse en la información fundamental: anoche folló.

—Genial, tío. ¿Y os vais a ver otra vez?

—No sé. Tampoco quiero yo ahora ningún rollo serio, ¿sabes?

—Eso cuéntaselo a otro. Hemos visto más veces Notting Hill en esta casa que… Desde lo de Cris no remontas, ¿eh?

—Oye, ¿cómo ha quedado el Atleti?

Quiere desviar la conversación y entonces saca el móvil para mirar el Marca y lo que encuentra es un whatsapp. Que si quedamos esta semana. Mira a Poli, pero no le cuenta nada. La que no quería nada serio, piensa. Pero qué es serio, piensa. Vuelve a mirar a Poli, que lleva dos meses de catastróficas citas en Tinder y dos intentos de ligar en bares todavía más catastróficos. Y entonces lo decide: por qué no; y enumera: le gusta el cine, está buena pero no demasiado, el polvo fue correcto, era maja.

Así es como una mañana de abril Valeria y Luis deciden hacerse novios, cada uno por su cuenta, sin siquiera hablar ni poner en común preferencias, acuerdos o requisitos, en un prodigio comunicativo que podemos calificar de irresponsable cabriola del azar y que ellos pasan a llamar desde este momento amor. Lo sellan con varios polvos en las semanas subsiguientes, incursiones en cines y parques, presentaciones a los amigos respectivos y menciones al uno y al otro —«mi chica», «mi novio»— en sus correspondientes lugares de trabajo. Así lo deciden: Valeria mirando la seguridad semidesnuda de Lucía caminando hacia el baño, Luis observando la mirada perdida de Poli en la pantalla de su teléfono. Son novios.

Si no fuera porque no son novios. No son novios porque a Valeria le importa que Luis le escriba un mensaje de buenas noches, pero no le importa si a él le apetece o no escribírselo: se lo marca como una pauta de estilo, como quien explica cómo se enciende la caldera o en qué trasbordo hay que bajarse para llegar al aeropuerto. Antes de acostarte, el mensaje de buenas noches, como un botoncito que hubiera que pulsar para que la relación siga adelante, como poner el móvil a cargar por la noche para el día siguiente. No son novios porque a Luis no le importan los deseos de Valeria, pero tampoco los suyos propios, y elude la responsabilidad de encargarse de los propios anhelos con una frase que será histórica a lo largo de toda su relación: «Vale, Vale». El primer vale es un de acuerdo, el segundo Vale es un diminutivo de Valeria. De modo que como quien asiente ante las instrucciones de cómo encender el termostato o de qué salida hay que tomar en la autopista para llegar al destino de interés, Luis envía mensajes de buenas noches que no desea enviar y entiende que en ellos va la prueba del amor irrefutable. ¿Cómo podría luego Valeria reprocharle nada, si le envía mensajes de texto cada noche?

Luis y Valeria deciden que son novios y deciden más tarde irse a vivir juntos —¿no es eso lo que hacen los novios?— y después casarse —¿acaso no se casan los convivientes?— y después quizás tener un hijo, momento en que Valeria se quita el piercing del ombligo para ya no volver a ponérselo, y después otro más, por una sencilla e incontestable razón: los matrimonios lo que hacen es tener un hijo, primero, y otro hijo, después.

Los hijos que tienen crecen, se escolarizan, se hacen adolescentes y luego jóvenes y más tarde podríamos decir que adultos y, tras haber estudiado carreras se van de casa y dejan a Luis y Valeria como la noche en que se encontraron en el preestreno de una película coproducida por Antena 3: el uno frente al otro, queriendo hablar de algo pero sin saber muy bien de qué. Se observan. Luis tiene ahora pelos en las orejas y Valeria arrugas alrededor de los ojos. Pero además de intereses comunes, un sexo afable aunque escaso y una conversación agradable, hoy tienen dos hijos y veinticinco años de historia común.

—He pensado que podíamos apuntarnos a unas excursiones por la sierra que montan en el grupo de amigos de Lola, ahora que tenemos el fin de semana libre —propone Valeria.

—Vale, Vale —responde Luis.

Se apuntan. A esas excursiones y a algunas salidas a museos y al plan de las cervezas de los viernes. Salen con otras parejas de mediana edad y en muchos casos hay ya segundas nupcias, divorcios o incluso viudedades. Situaciones dispares desde las cuales es difícil no escuchar comentarios como: «Qué mérito lo vuestro, tantos años juntos», «Contadnos el secreto, a ver si nos sirve a los demás» o «Alguna canita al aire habréis echado, tunantes».

Lo cierto es que Luis y Valeria no han echado ninguna canita al aire, ni tienen ningún secreto que ofrecer, ni siquiera consideran que sea un mérito aunque se sientan halagados al escucharlo. Es todo una cuestión de desfase comunicativo: los amigos creen que Luis y Valeria siguen juntos porque han sido constantes en el sólido compromiso que se profesaron mutuamente el día que contrajeron matrimonio. El problema es que antes de ser un matrimonio de mediana edad  fueron los padres de sus dos hijos, y antes de eso un matrimonio a secas, y antes aún un matrimonio de recién casados, y todavía antes una pareja de jóvenes comprometidos. Pero nunca fueron novios, ni siquiera cuando los dos decían que eran novios, y se llamaban así —«mi chica», «mi novio»—, y se iban de viaje en el puente de mayo y se hacían un selfie sonrientes frente al acueducto de Segovia, frente a las casas colgadas de Cuenca, frente a la Alhambra de Granada, frente a la Concha de San Sebastián. Hacían, es verdad, las cosas que hacen los novios. Pero cómo iban a ser novios si a Luis le era indiferente que Valeria se hubiera quedado con hambre, que tuviera más o menos frío o que estuviera pensando en qué cortinas comprar para el salón mientras él le hablaba de su nueva situación en el trabajo —le han cambiado de despacho y le han puesto con Rodríguez, con lo mal que le cae Rodríguez—; cómo iban a ser novios si a Valeria le era indiferente que a Luis no le gustase el restaurante, que tosiera siempre después de fumar o que le hablara de menudencias del trabajo —con la de cosas que tiene ella que pensar desde que están en el nuevo piso—.

—Te estoy escuchando lo de Rodríguez, ¿eh? Pero paramos aquí a tomar un café, ¿te parece?

—Vale, Vale.

El primer vale era un de acuerdo; el segundo, un diminutivo de Valeria.

Nunca habían sido novios de modo que, en contra del sentir de sus amigos, vecinos, conocidos y demás gente del entorno —taxistas, recepcionistas, camareros que los atendían sistemáticamente en pareja; ni uno ni dos: una pareja—, ellos no tenían absolutamente ningún compromiso mutuo. El compromiso era con ellos mismos, y por eso les resultaba tan difícil quebrantarlo.

Luis miró una mañana de abril a Poli —hoy, Hipólito, abogado del Estado, felizmente casado y padre de cuatro niñas— mirando Tinder con desazón, pensó en su propia vida sexual y sentimental, pensó —sin saber que lo pensaba— en sus referentes inmediatos, en sus padres, en sus abuelos, pensó: qué demonios se hace con la vida, aparte de escribir guiones y fumar tabaco de liar y echar un Fifa con el Poli. Y entonces lo decidió: Valeria.

Valeria miró una mañana de abril a su compañera de piso, Lucía —hoy, Lucía F. Mallo, reconocida fotógrafa de prestigio internacional— y envidió sin saberlo su seguridad, y pensó en cómo sería ella capaz de esa confianza, y sin ser consciente se pasaron por su cabeza sus referentes inmediatos —sus padres, sus abuelos— así como las principales obras de ficción de la cinematografía universal. Y entonces lo decidió: Luis.

Luis y Valeria no estaban comprometidos el uno con el otro. Luis estaba comprometido con la idea que una mañana de abril se hizo de sí mismo, de lo que sería su vida y su circunstancia. Valeria estaba comprometida con la visión que tuvo de sí misma y de lo que sería su recorrido y su contexto una mañana de abril. Y ninguno de los dos tuvo nunca el coraje —qué coraje: Valeria, que quería ser otra; Luis, que inventó la expresión: «vale, Vale»— para desdecirse. Sin la valentía de contradecirse a uno mismo, el amor no es amor, la vocación no es vocación y la atención no es atención: todo es fruto de una inercia fundada en alguna mañana aleatoria de abril hace muchos años, algo así como la línea nobiliaria feudal de los sentimientos.

Luis y Valeria se mataron una víspera de Nochebuena en un accidente de tráfico en la M30. Luis murió en el acto; Valeria, en el hospital. Sus hijos se consolaron con la idea de que ninguno de los dos había tenido que sufrir la ausencia del otro. Y todo eso, sin haber sido nunca novios.