Se llamaba María y eso le gustó. Antes había tenido cuatro novias significativas: Lidia
y Verónica (la primera y la tercera) le habían puesto los cuernos, Marga (la segunda) lo dejó
plantado días antes de irse a vivir juntos y de Lola –Dolores– (la más reciente) mejor no
decimos nada. Para cualquiera resultará comprensible el miedo –el pavor– que Nico le tenía
a la tauromaquia, a la jardinería y a la nomenclatura. Por eso le gustó que ella se llamara
María.
El nombre se había convertido en la primera criba que Nico hacía, voluntaria o
involuntariamente, a la hora de ligar. Desde Dolores –Lola la llamaba él– había rechazado a
una Soledad y a una guapísima Concha –Concepción, venga ya–, y había perseguido a una
Gloria y a dos Ángeles con resultados nefastos. Por eso María le gustó. Era un nombre sin
peso, el nombre más extendido de toda la lengua castellana: María. Lo significó tanto todo
que ya no significaba nada, ni a la Virgen remitía. Si se hubiera llamado Inmaculada o
Virginia, quizás. Pero de tanto usarlo el nombre se había gastado irremediablemente. María
es la asignatura irrelevante que se aprueba sin esfuerzo. María es un nombre sin peso.
María, en su vaguedad y amplitud, abría todo un mundo de posibilidades.
Esa ligereza lo relajó y en seguida estuvo cómodo conversando. Era la amiga de la
amiga de un amigo y estaban en un cumpleaños. Hablaron durante toda la fiesta, ignorando
sin pudor a sus propios amigos y mudándose en busca de los rincones más tranquilos: del
salón a la cocina, de la cocina a un cuarto. Acabaron enrollándose en el cuarto de baño
primero y, más tarde, durmiendo en casa de él.
Cuando, por la mañana, consiguieron abandonar la cama Nicolás puso una cafetera y
tostó pan y María saludó a un gato gris que se le subió al regazo. Se llama Mus, explicó él, y
ella sonrió, estornudó y, del mismo modo exacto en que estornudó de golpe, María se
enamoró de Nicolás. Él también se enamoró, qué duda cabe, pero digamos que fue más un
catarro que uno va incubando que un estornudo súbito.
María se habría casado con Nico esa mañana mismo, o por la tarde noche a lo más
tardar, y se habría hipotecado con él por un piso de techos muy altos, y habría tenido dos
hijos (Miguel y Daniela) y habría envejecido con él hasta la muerte. El tiempo
–afortunadamente– es secuencial, y María no pudo hacer todas esas cosas –casarse,
hipotecarse, parir, envejecer– esa misma mañana. Su sentimiento, en cambio, no era
secuencial: era intenso, profundo, omnipresente. Nunca se había sentido así. Es un tópico,
pero eso fue lo que le dijo: “Nunca me he sentido así”. También dijo otras cosas más
tópicas, más cursis, más intensas. Las dijo como si las estuviera inventando ella. Nicolás se
abrumó y se halagó y, buscando un punto intermedio, le dijo que por qué no se veían otra
vez mañana. Ella asintió. Para María lo malo de volverse a ver mañana era tener que
despedirse ahora. Para Nico lo bueno de poder despedirse ahora era generar la posibilidad
del reencuentro futuro.
Al cabo de seis meses vivían juntos.
María colocó su crema hidratante junto a la maquinilla de afeitar de Nicolás y
entonces ya la crema llevaba estando junto a la maquinilla toda la vida.
A los dos meses de convivencia Nico comprendió por fin que María era alérgica a los
gatos. “¿Pero cómo no lo has dicho?”, preguntó él, rozando el enfado. María se encogió de
hombros y dijo que no era tan alérgica, que solo le daba algún estornudo aislado de vez en
cuando, un ligero picor, que Mus le caía bien, que no pasaba nada. Nico se sintió mal: “No
puedes convivir con un gato si eres alérgica a los gatos. Lo que no entiendo es por qué no
lo has dicho”, y ella insistió en que todo estaba bien. Para María, todo estaba siempre bien.
A todo se adaptaba con una flexibilidad que a Nico en el fondo le admiraba, porque él era
maniático, tenía sus limitaciones, sus mañanas de domingo silenciosas, su falta de lucidez
hasta el café. Se preocupaba por ella, pero tampoco quería ser condescendiente. “Bueno, si
estás muy mal por Mus, avisas”, concluyó.
María habría convivido con un gato y con una pantera. María le quería con todo. Se
enamoró de él, no ya con el arrobo de un apasionado beso cinematográfico, sino con el
destino de los héroes clásicos latiéndole en el pecho, con la adoración del amor cortés, con
la perfecta circularidad renacentista, con la entrega apasionada del romanticismo. Que Nico
la decepcionara o la fallase de algún modo simplemente no era una opción. Un día, durante
el desayuno, Nicolás frunció el ceño y dejó la taza sobre la mesa al cuarto sorbo. “¿Qué
mérito tiene, entonces, que yo no te decepcione, si no cabe la posibilidad?”, se lo dijo
mirándola de frente. María se apartó un mechón rubio de la cara, sonrió, lo miró y le habló
de la fe y de la mística. Nico dijo: “Sí, sí. Pero, ¿qué mérito…?”. La pregunta quedó
sobrevolando las tostadas. Nicolás suspiró. María le dio un beso.
La convivencia transcurría sin grandes altercados, más allá de los previsibles. Como
suele suceder, María se llevó los gritos que eran de las exnovias de Nicolás y que él
arrastraba consigo como un adolescente arrastra los pies y los bajos de los vaqueros. Así
fue aquel día, por ejemplo, en que Nico salía por la noche y María le preguntó con quién.
Él reaccionó sin duda exageradamente, haciendo un alegato sobre la autonomía y la
confianza, marcando los límites, gritando un poco. Pero ese alegato –él lo sabía– no era
para María, que no era en absoluto celosa. La celosa era Lidia. Y el traumatizado, él. “Solo
te he preguntado que quiénes iban, por curiosidad”, dijo una María comprensiva. Siempre
era comprensiva, María.
También, la tarde aquella en que el celoso fue él porque María iba a cenar con un
exnovio, y él se puso medio tenso y se quedó callado todo el día y estuvo arisco y hosco y
todos los adjetivos desagradables. Pero la que se iba enrollando por ahí con sus exnovios a
la primera de cambio era Marga, destinataria incuestionable de toda la hosquedad de aquella
tarde. María, no. María era un encanto y tenía una intachable relación cordial con todos los
que habían pasado por su vida. No tenía reproches, celos o heridas que fueran de otros
hombres para tirarle a él a la cara. El único defecto de sus exnovios –“tipos maravillosos”,
dice siempre– era que no eran Nico.
La peor fue Dolores. Era la más reciente y fue, sin duda, la más dolorosa. Lola se
despertó un día y dijo que adiós. Lo dijo así: adiós. Y sin dar tiempo a Nico a reaccionar, a
preguntar, a comprender siquiera, Lola ya se había ido con sus cosas, con sus tés de colores
y sus pendientes jipis y, al parecer, con un nuevo amante. La partida de Lola dejó a Nico
con un miedo patológico al rechazo. Nico se convirtió en alguien que dejaba escapar el
metro antes de arriesgarse a que se le cerraran las puertas en la cara delante de un montón
de desconocidos. Alguien que no se atrevía a preguntar si la camisa la tenían en su talla, por
si no la tenían. Alguien que se ponía nervioso al sacar la tarjeta de crédito por si la máquina
no la aceptaba. Alguien que se sentía responsable si los análisis de sangre no salían como
era de esperar.
Entonces llegó María. Y le quiso con todo. Se enamoró de él, no ya con el brillo en
los ojos del film hollywoodiense, sino con la incondicionalidad con que espera Penélope,
con la servidumbre del trovador, con el afán de ascenso al paraíso, con el fervor desatado
del héroe romántico. Que Nico o partes de Nico o ciertas perspectivas de Nico no le
gustasen no era una opción. “¿Qué mérito, tiene, entonces…?”, pensó Nico, que ya había
abandonado la esperanza de que María le devolviera una crítica. Pero qué le gusta de mí,
pensaba él, si le gusta todo por defecto. Entonces se acordó de su teoría.
Nicolás acostumbraba, con sus amigos, con su familia, también con María, a
comenzar muchas de sus intervenciones con una frase que lo caracterizaba: “Yo tengo una
teoría…”. Tenía ya varios volúmenes de teorías. Una era la de los defectos y las virtudes.
Según Nico, eso es una tontería –lo de los defectos y las virtudes– que se cae por su propio
peso. No tenemos, las personas, ni defectos ni virtudes; tenemos cualidades con dos caras.
Por ejemplo: Nico es obsesivo. Evidentemente que eso es negativo para muchas cosas, lo
hace entrar en bucle, los que le rodean no soportan tener que ir por vigésimo tercera vez al
mismo restaurante ni hablar del mismo libro durante tres meses. Pero, a un tiempo, Nico
sabe que sin ese nivel de obsesión él no sería lo bueno que es en su trabajo, y que su
investigación –Nico guiñando el ojo al microscopio– no sería ni la mitad de rigurosa y
certera si él no estuviera total y absolutamente obsesionado con las mitocondrias. María
sólo contemplaba la parte luminosa de las cualidades de Nico y eso, aparte de que
empezaba a cansarle, le echaba por tierra la teoría.
María. Siempre de buen humor. Siempre encantadora. Siempre atenta. ¿Cómo se le
reprocha a alguien el lado luminoso de sus cualidades? Nico no lo sabía. Ella seguía
–apartándose el mechón rubio por detrás de la oreja– dispuesta a todo, flexible a todo,
abierta a todo. Como era traductora podía irse con Nico si le daban una beca de
investigación en el extranjero, escenario altamente probable. “Sí, pero al fin y al cabo, tú
misma lo dices, te convendría más establecerte en un sitio, trabajar quizás para algún
organismo internacional o algo así, ¿no?”. A María no le importaba. “Y, si se diera el caso,
¿te ves más en Inglaterra o en Estados Unidos?”. María se veía en cualquier sitio. Quería
ser su Ulises y habría, efectivamente, batallado todas las guerras y atravesado todos los
mares por él. Pero Nico no sabía tejer –y mucho menos, esperar– y ella, además, se
mareaba en los barcos.
Se dio cuenta un día jugando una partida de mus con sus amigos. Esa era otra parte
buena del carácter obsesivo: poder echar mil muses varias veces al mes sin inmutarse. Se
dio cuenta cuando envidó a la chica; dejó las cuatro cartas bocabajo en la mesa y les dijo a
sus colegas: “El mus mola porque tiene reglas”.
Las reglas del juego. El juego es divertido porque tiene límites, te tocan unas cartas,
hay un orden, unas directrices, puedes ir de farol o no, arriesgar más o menos, pero hay una
estructura. Se juega contra algo. Se juega para algo. Uno mira sus cartas y a veces las cartas
son auténtica basura. Entonces uno mira a su pareja y la pareja o bien le guiña un ojo y uno
envida, o bien le pone cara de “no vamos tan mal” y uno también envida, o bien le
comparte que lo suyo es también una catástrofe y uno se da mus y reza pero se sabe
acompañado. Cuando Nico miraba a María no había nada: ni guiño, ni farol, ni bocarrana.
María hacía lo que Nico quisiera: envidar o cortar o descartarse, y Nico se sentía como
jugando al mus en solitario. Y para eso mejor echar un Risk o un Catan, o cualquier otro
juego en que uno vaya explícita y consensuadamente solo.
Volvió a casa caminando y se sintió más solo aún que antes porque le vino de golpe
toda la soledad de esos últimos años. Cómo decírselo a María. María. Ese nombre que le
gustó porque no condicionaba los acontecimientos, porque podía colmarlo de lo que él
quisiera, porque no era Angustias ni Remedios ni Asunción. Era María. Esa María que se
ponía no hace tanto delante de todos los nombres femeninos —María Luisa, María Elena,
María Cristina, María Ángeles, María Eugenia— y que, a fuerza de ser todas las mujeres, no
era ya ninguna. Empujó la puerta del portal y subió las escaleras pensando en que María
estaba arriba y se levantaría al verlo entrar y le daría un beso y le preguntaría si quería cenar
o ver una serie —cuál— o un poco de ambas. La libertad no se existe hasta que se termina,
no se gana hasta que se pierde. Pasar una hora rastreando el catálogo de Netflix y terminar
hastiado y sin ver nada. Tener la libertad de todo es inútil si no se apuesta por algo. María
no sabía elegir. Pero cómo decírselo, si le había elegido a él, a Nico, por encima de todas las
cosas.
Entró y la vio, sonriente, apartándose un mechón rubio por detrás de la oreja y
comprendió que María vivía ahí, que nunca salía de ahí, que vivía en su amor —¿en el de
quién? acaso en el suyo propio— como quien se instala en el sofá bajo una manta, con el
vaso de agua y la tableta de chocolate y el tabaco y el mando de la tele a mano, y no se
levanta ya ni aunque llamen por teléfono, ni aunque llamen al timbre, ni aunque tenga unas
ganas urgentes de ir al baño, no se levanta ya contra todas las necesidades sociales o
fisiológicas, porque el calor y la comodidad bajo la manta. Entró y la vio sonriente,
apartándose un mechón rubio y pensó: hay que salir, María, hay que salir. Del amor hay que
salir, porque el amor es la agricultura, hay que recolectar para poder volver a sembrar, el
barbecho es necesario –María, pensaba Nico– porque no queda claro –no ha quedado claro
a lo largo de la historia– si uno se enamora en presencia del otro –en el beso, en la risa, en
la mirada– o más bien en su ausencia, cuando piensa en el otro un martes a las ocho
removiendo el café o un día en su salón mirando al techo. Hay que salir para volver a entrar
con novedades, y María vivía ahí, incondicional e inmutable, indiferente a las sequías y las
inundaciones, y no se puede –yo no puedo, pensaba Nico– albergar a alguien todo el
tiempo.
Cerró la puerta y ella lo saludó. Se le escuchó a él tragar saliva. María seguía siendo
–se llamaba María, por eso le gustó– todas las posibilidades del mundo. Y cuando todo es
posible, nada es real.
Nicolás se sentó en frente de María y comenzó a explicarle por qué la dejaba. Mus se
subió en el regazo de ella, que empezó a rascarse desesperadamente el antebrazo al
contacto con el pelo del gato. Nicolás hablaba y la miraba rascarse. María escuchaba en
silencio con cara de no haber hecho nada, y era verdad: no había hecho nada.